Por: Raul Martinez-Quiroz

Una experiencia de vida educativa con un grupo de hombres haitianos invita a reflexionar sobre la migración, desde una perspectiva no racista sino más bien desde la inclusión, dejando de lado los prejuicios.


Siempre recuerdo que cuando era niño me llamaban mucho la atención las personas de otros rincones. Como una anécdota clave, resultaba una tradición familiar concurrir al aeropuerto en la capital chilena, Santiago, para recibir a mis parientes cercanos que venían de visita a estas tierras australes, en especial a mi querida abuela materna que cuan golondrina venía a pasar la primavera y el verano bajo la Cruz del Sur. Era un deleite para ella regresar a Chile y era un deleite para mí tenerla y disfrutar del cariño generoso que daba a mis primos chicos y a mí. Pero había un ingrediente adicional que me parecía sabroso en esas recurrentes idas al aeropuerto: ver los enormes aviones y sobretodo ver a personas de otras etnias, hablando lenguas que para mí eran desconocidas, a la espera de tomar el avión a quién sabe qué destino. Sentía una sana curiosidad por aquellos rasgos orientales y por los tonos de piel más oscuros, inusuales en la gente de mi entorno inmediato pero que en dicho aeropuerto contemplaba en primera fila. Claro, a los 7 años es normal ser muy curioso y esa curiosidad era bien correspondida con una sonrisa de aquellos extranjeros que me parecían tan exóticos e interesantes. A fin de cuentas aprendía algo nuevo en terreno. Me daba cuenta que el mundo era más amplio de lo que creía y de lo que veía.

Al parecer todas esas experiencias y curiosidades infantiles hacia las personas de tan variados rasgos fueron una especie de deja vu hacia el futuro. Eran un adelanto de que tarde o temprano me tocaría interactuar con personas de otras latitudes, especialmente en estos espacios geográficos más al sur de la línea del Ecuador, entre los Andes y el océano Pacífico.

No les voy a negar que siempre he considerado el racismo como algo estúpido. Nunca he comprendido el sentido de discriminar o de atacar a otro ser humano por tener un color de piel diferente o por tener cierta apariencia física. Si bien vivo en una ciudad que recién se ha abierto a la migración afrodescendiente, nunca me ha parecido anormal o extraño alguien que sea de ese origen. A fin de cuentas es también un ser humano.

2016 fue quizá un año de grandes enseñanzas en materias migratorias para mí. Como de sorpresa, sin imaginar, un grupo de hombres haitianos, alrededor de 30, llegó a mi ciudad, San Antonio, a principios de ese año. El hecho fue noticia, un suceso y la comunidad local se impactó, inclusive yo. Estos hombres habían llegado en busca de mejores oportunidades laborales en el rubro de la construcción. A poco tiempo de iniciar las faenas, ellos fueron perjudicados, por no decir estafados, por un jefe bastante inescrupuloso, quien nos les pagó sus remuneraciones, no les hizo contratos válidos, y que luego desapareció repentinamente sin dejar rastros. Una cobarde huida. Estos trabajadores de Haití quedaron a la deriva, sin casa, sin comida y sin dinero. Un verdadero desastre humanitario a pequeña escala. Pero por fortuna, la solidaridad y generosidad de varias personas de la ciudad hicieron posible que no quedaran desatendidos y esa buena voluntad ante la emergencia fue una regla de oro durante varios meses. Nunca la comunidad local se había visto enfrentada a esto. Marcaba un antes y un después. El paisaje social comenzaba a cambiar sin vuelta atrás y había que asumirlo.

Al tiempo de ocurrida la emergencia, muchos de estos trabajadores decidieron quedarse pese a tanta dificultad en el camino. No querían renunciar. Ya habían cruzado prácticamente todo un continente para emprender en tierras sudamericanas. Muchos de ellos ya habían estado un tiempo en República Dominicana, por lo cual tenían un leve dominio del español. Ante tales circunstancias, debo admitir que siempre les encontré muy valientes y esforzados. Estaban en otro país, uno muy diferente al de ellos en aspectos tales como el clima y la idiosincrasia, pero en un país que también se aventuraba en esta nueva era migratoria y sus habitantes debían estar a la altura. Por lo menos yo estaba dispuesto. Mi formación cristiana y mi experiencia de trabajo en temas de deberes y derechos humanos me invitaban a hacerme parte. La vida estaba sorpresivamente haciendo una invitación, y no me podía negar. A fin de cuentas, el ser humano es un ser implícitamente nómada en una Tierra que debiera ser de todxs y para todxs. Obviamente con el cuidado y el respeto que ello amerita.

Y que ellos, estos valientes hombres de Haití, hayan decidido quedarse les implicó asumir desafíos. Uno de ellos fue aprender un poquito la lengua local, el español a la chilena. Siempre he creído que en Chile no se habla español en estricto rigor sino más bien algo criollo, con pronunciaciones y vocabularios muy particulares. Sin embargo, ese español a aprender por ellos sería simple y útil para el día a día, especialmente para el trabajo, pero sería enseñado con cariño y sin imposiciones. Comenzó así un trabajo doméstico de enseñanza del lenguaje hispano. Yo en cambio tendría que aprender el creole, un derivado del francés que se habla en Haití y que resulta muy grato.

Cuando llegó 2017 se dieron las condiciones para oficializar una escuelita de español para haitianos, gracias a la iniciativa de un sacerdote católico y de otros profesores voluntarios. No estaría ya solito en esto sino que junto a un comprometido equipo. Es rico trabajar en equipo y asumir retos en conjunto. Se decidió entonces impartir las lecciones los días martes y domingos, en horario tarde, en el nivel básico para quienes nada sabían y en el nivel medio para quienes ya tenían un conocimiento aceptable. El alumnado sobrepasó las expectativas en número pero pese a los escasos recursos disponibles, se logró salir adelante. La escuelita ha pasado a ser también un punto de reunión, un espacio de conversación y hasta de terapia. Ser profesor es también ser psicólogo de cierta manera. Implica escuchar, aconsejar cuando sea necesario. No oculto que ha habido varias dificultades que sobrellevar, pero como de milagro se han logrado sobrellevar.

Ya entrado este 2018, varios de los muchachos de Haití que llegaron en 2016 y posterior han estado en la escuelita, y se han convertido también en mis amigos y en amigos de mis colegas. Amistades sin fronteras. Tras compartir con ellos ya dos años, me admiro de cuán valientes han sido para enfrentar el día a día. Admiro la resiliencia de ellos, el sentido de humor y la fortaleza que poseen para luchar contra el déficit de viviendas, el alto costo de vida y ciertos trabajos en condiciones precarias. Me han enseñado mucho, desde un poco del creole hasta algo de la comida tradicional que ellos extrañan, pasando por sus historias de vida. Muy en lo personal, y a modo de reflexión, creo que todo el racismo existente hacia las personas afrodescendientes es realmente horrible. Y no solo hacia las personas afrodescendientes sino también hacia los pueblos originarios y hacia otras etnias que existen aquí en Chile o en otros rincones del mundo. El racismo es tristemente global. Pero a globales males, globales soluciones.

No oculto que han surgido últimamente algunas voces críticas hacia la inmigración venida desde el Caribe hacia Chile, críticas condimentadas por cierta prensa que gusta de polemizar y generar debates sesgados. Pero doy por firmado que la sociedad, la gente en general, se ha comportado de manera amorosa. La gente latinoamericana es hospitalaria y solidaria, y no me cabe duda que sabe mostrar lo mejor de sí al prójimo cuando es requerido. A fin de cuentas, más allá de posturas o pensamientos, somos todxs seres con corazón. Y bueno, nunca es tarde para entibiar más si el corazón está algo frío.

Y pese a opiniones a favor y opiniones en contra de la presencia de personas haitianas en Chile, yo hago un balance positivo. Mis amigos de Haití han salido adelante, han demostrado que son personas con valores y muy capaces. Sinceramente yo metería las manos al fuego por ellos. Me enorgullece incluso ver cómo algunos de ellos han contraído matrimonio aquí, tras conseguir traer a sus novias a vivir con ellos, llegando a tener sus primeros retoños en estas latitudes. Con ellos hasta surgen bromas con que mi próxima pareja tendrá que ser de Haití. Por cierto, sería para mí súper válido porque siempre he creído que el amor no tiene nacionalidades. Uno se enamora y ya.

Para ir concluyendo, entonces ¿cuál es la reflexión para todxs nosotrxs como UU y como simples personas con inquietudes espirituales?

La población humana es muy heterogénea, muy diversa en sus aspectos y en esa diversidad aprendemos y nos hacemos más complementarios. Nos damos cuenta de ese tejido interdependiente de todo lo existente. Por ahí aprendí una vez que “Dios ama la diversidad”. No en vano existe la biodiversidad, y nosotrxs somos parte de esta biodiversidad. Y que alguien sea claro u oscuro en su color de piel es porque simplemente la leyes de la vida se han encargado que sea así, con un sabio propósito.

Y a fin de cuentas, como lo mencioné al principio de este escrito, somos seres vivos que tendemos a movernos, a desplazarnos por grandes espacios geográficos en busca de nuevos destinos. Puede haber muchas razones que nos motiven a migrar, y resulta empático ponerse en los zapatos de aquellxs que lo han hecho para estar a salvo, por ejemplo, de conflictos bélicos, de crisis sociopolíticas y económicas, de desastres naturales y de tantas otras dificultades muchas de las cuales son causadas por el mismo ser humano. Al fin y al cabo, toda la historia humana tiene numerosos e intrigantes capítulos de grandes migraciones. Nuestros ancestros fueron migrantes. ¡Y nosotrxs también somos migrantes o podríamos llegar a serlo! Como dice el refrán: “la vida tiene muchas vueltas”. Hoy podemos estar acá y mañana talvez allá.

Dentro de las cosas maravillosas que ofrece la espiritualidad está el apreciar lo que nos rodea, lo que es visible y lo que es invisible. Disfrutar ver y oler una flor silvestre, disfrutar los rayos del sol acariciándonos en un día de verano, así también disfrutar de alguna cualidad que nos encanta de alguien que queremos. Podemos disfrutar, sin lugar a dudas, de la presencia de quienes han llegado desde otros lugares para simplemente vivir con todo el derecho del mundo, trayendo la nostalgia de sus hogares y de los seres queridos que no les pudieron acompañar. Es simplemente identificar el valor y la dignidad propia de cada persona. Los migrantes, los afrodescendientes, sea quien sea, tienen su dignidad. Nadie es superior a otro por su aspecto físico.

Y el gran regalo es que mis queridos amigos de Haití me han ayudado a ser un mejor cristiano, un mejor Unitario Universalista a la manera mía, muy en paz y con el corazón en múltiples colores.

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