¿Acaso los seres humanos somos inconscientes, ignorantes, estúpidos, indolentes, apáticos? ¿Qué se necesita para que surja en nosotros ese amor por nuestros prójimos como todas las religiones, con diferentes palabras, nos enseñan?

 

Cuando yo estaba en la universidad estudiando medicina, en la clase de historia de la medicina, entre otras cosas, revisábamos las pandemias que azotaron a la humanidad en la antigüedad y el cómo los médicos las trataron, así como el comportamiento en general de la humanidad que las padecieron. Yo en algún momento me dije a mi mismo: “Qué afortunado soy al haber nacido en el siglo XX, con todos los avances médicos, higiénicos y socio-culturales que como sociedad “moderna” tenemos hoy en día”. Yo creo que nunca más como sociedad vamos a cometer los mismos errores que se cometieron en aquellos tiempos; ya no habrá pandemias como las del pasado, bueno, probablemente si las habrá, pero los seres humanos sabremos en una forma más inteligente lidiar con ellas, ya que los científicos modernos sabrán cómo combatirlas más eficientemente sin las ataduras de las ideas de los reyes y/o la religión;  y como dice la canción de Pedro Navajas de Rubén Blades en uno de sus estribillos: “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida“, nuestro mundo inició este año 2020 con el Covid-19 en Wuhan, China, y paulatinamente, este virus se fue extendiendo por todo el planeta y ya llevamos un año y seguimos tratando de contener la pandemia sin lograrlo. A esta fecha, llevamos ya casi 70 millones de infectados y un poco más de 1 millón y medio de muertes, según cifras de la Universidad Johns Hopkins, y las cifras de infectados están lejos de parar, ya que la pandemia continúa regresando a lugares donde aparentemente había sido “controlada”, como, por ejemplo, en los países europeos. Y en América las cosas no han estado mejor, ya que el avance más pronunciado que ha tenido el virus se ha podido ver en algunos países que están actualmente o que han estado recientemente en la lista de los 10 países con más casos de contagios a nivel mundial (Estados Unidos, Brasil, México, Argentina, Colombia, Perú y Chile). Estamos viviendo una crisis de salud que pareciera que no va a terminar nunca.

Como resultado de la expansión del virus, más de la mitad de la población mundial ha sido sometida a algún tipo de confinamiento, se ha impuesto el distanciamiento social y los desplazamientos han quedado paralizados, al igual que la actividad económica, provocando una grave recesión por todo el planeta. Una situación que se repite una y otra vez en muchos países.

Inicialmente se había dicho que este virus atacaba principalmente a las personas de mayor edad y a aquellas con enfermedades preexistentes como la diabetes, la obesidad, el cáncer, solo por nombrar algunas. Esta aseveración (que no sé quién lo dijo) dio a entender que los niños, los adolescentes y los adultos jóvenes sanos estaban inmunes a este problema. Con el paso del tiempo hemos visto que este virus nos ataca sin importar la edad, el sexo, el color de nuestra piel, la condición socio económica o cultural o si estamos previamente enfermos o si estamos sanos.

Debido a que aún no contamos con una vacuna que nos ayude a combatir este virus, los científicos nos dicen que la mejor manera de evitar contraer este virus es usando una mascarilla, tapabocas o como ustedes le quieran llamar, y mantener una distancia social de al menos 2 metros, lavarnos las manos frecuentemente y no estarnos tocando la cara. Pero, a pesar que estamos en el siglo XXI y contamos con teléfonos inteligentes, computadoras y satélites de telecomunicaciones que nos permiten estar conectados con el resto del mundo y enterarnos de lo que estas sucediendo al otro lado de nuestro planeta, muchos de nosotros seguimos actuando como si estuviéramos en la edad media, viviendo en nuestro pequeño mundo de ignorancia y apatía, reforzando nuestras idolatrías de la mente y del espíritu.

Después de tantos contagiados, tantos muertos y una crisis económica profunda a nivel mundial, mucha gente sigue pensando que el virus no existe, que es un invento de los gobiernos para someternos y crear políticas en contra de la población. Algunos piensan que no hay por qué exagerar, ya que solamente se trata de una simple gripa; otros salen de sus casas para ir al supermercado, a trabajar o de visita a algún amigo y/o familiar sin ninguna protección, justificándose que ellos tienen la libertad de ir, regresar, subir, bajar o viajar a donde ellos quieran, cuando y cómo ellos quieran, mientras otros se escusas diciendo “si me infecto y me muero, pues Dios así lo quiere, y uno no puede estar en contra de los designios de Dios”. Algunos dirigentes gubernamentales siguen sin ponerse en el papel de líderes y hacen caso omiso de las recomendaciones de los expertos en salud, tales como Trump (Estados Unidos), Bolsonaro (Brasil) y Andrés Manuel López Obrador (México), por nombrar solo algunos que no creen en los hechos científicos, amén de un sinfín de pastores cristianos y prelados católicos. Paradójicamente, en muchas ciudades y pueblos alrededor del mundo, se ha atacado violentamente a enfermeras, paramédicos y médicos por parte de sus vecinos, reclamándoles que ellos llevan el virus y contagian a sus comunidades.

Las autoridades sanitarias de todos los países nos piden que nos quedemos en nuestras casas, y muchos de nosotros, sobre todo la gente joven, siguen convocando y asistiendo a fiestas multitudinarias y por supuesto, sin mascarilla/cubre bocas y sin mantener la distancia social, a sabiendas que está prohibido este tipo de reuniones. Mucha gente está molesta porque se han cerrado negocios no esenciales como bares, restaurantes, cines, teatros, casinos, los grandes almacenes departamentales, las pequeñas tiendas de regalos, las florerías, las tiendas de accesorios de moda, escuelas y universidades, así como iglesias, mezquitas, sinagogas y santuarios; pero nadie protesta porque muchos trabajadores esenciales tienen que salir a trabajar para todos nosotros, los que nos quedamos en casa, como los médicos, las enfermeras, los campesinos, los trabajadores de los supermercados, los veterinarios, los transportistas, los que nos entregan nuestros alimentos en la puerta de nuestras casas, etc.

Las fiestas navideñas y de fin de año se acercan y la gran mayoría están más preocupados de no poder festejar con esas grandes fiestas con amigos y familiares como se acostumbraba, que en aquellos que se están infectando del covid-19 y están muriendo. Muchos quieren que los grandes y pequeñas tiendas abran sus puertas y poder ir, como año tras año, a comprar los regalos y decoraciones para esta temporada como si no estuviera pasando nada.

Aquí me surge una pregunta: ¿Cuánto vale la vida?

Hace muchos años, José Alfredo Jiménez, compositor mexicano, escribió la canción titulada “Caminos de Guanajuato” que inicia diciendo “La vida no vale nada, comienza siempre llorando y así llorando se acaba, por eso es que en este mundo la vida no vale nada”.

Cuando yo la escuché detenidamente me dije “¿quién pudo escribir en su sano juicio que la vida no vale nada, cuando la vida lo es todo y no tiene precio?”. La vida es lo más valioso que tenemos, pero estamos viendo en estos tiempos que, para muchos humanos, la vida no vale nada.

¿Acaso los seres humanos somos inconscientes, ignorantes, estúpidos, indolentes, apáticos? ¿Qué se necesita para que surja en nosotros ese amor por nuestros prójimos como todas las religiones, con diferentes palabras nos enseñan?

Nosotros los UU, además de nuestros 7 principios, contamos con 6 fuentes que nos inspiran en nuestras vidas. Unas de ellas son las enseñanzas judías y cristianas que nos llaman a responder al amor de Dios, amando a nuestros vecinos como a nosotros mismos, y las otras son las enseñanzas humanistas que nos aconsejan a oír la guía de la razón y los resultados científicos y que nos advierten contra las idolatrías de la mente y del espíritu.

Hagamos que nuestros hermanos humanos vuelvan a recordar esos viejos y al mismo tiempo actuales preceptos de honrar la vida, de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, a sentir empatía por los demás, a cuidarnos a nosotros mismos y con ello, a quienes nos rodean, con el ejemplo y no solo con palabras bonitas. Tratemos de salir de nuestras casas solo para comprar lo más indispensable, usemos el cubre bocas/mascarilla en todo tiempo, lavémonos las manos frecuente mente y tratemos en lo posible, mantener una distancia de 2 metros entre los unos y los otros. Ya vendrán mejores tiempos en donde nos podremos abrazar y festejar que estamos vivos.

Permítanme terminar con un poema de Kitty O’Meara, una maestra y asistente espiritual en hospitales y hospicios de Estados Unidos que se ha inspirado para escribir este texto durante la pandemia actual de coronavirus:

En Tiempos de Pandemia

“Y la gente se quedó en casa.

Y leyó libros y escuchó.

Y descansó y se ejercitó.

E hizo arte y jugó.

Y aprendió nuevas formas de ser.

Y se detuvo.

Y escuchó más profundamente. Alguno meditaba.

Alguno rezaba.

Alguno bailaba.

Alguno se encontró con su propia sombra.

Y la gente empezó a pensar de forma diferente.

Y la gente se curó.

Y en ausencia de personas que viven de manera ignorante.

Peligrosos.

Sin sentido y sin corazón.

Incluso la tierra comenzó a sanar.

Y cuando el peligro terminó.

Y la gente se encontró de nuevo.

Lloraron por los muertos.

Y tomaron nuevas decisiones.

Y soñaron nuevas visiones.

Y crearon nuevas formas de vida.

Y sanaron la tierra completamente.

Tal y como ellos fueron curados”.

Amor, ciencia., COVID-19, empatía, idolatría, muerte, Pandemia, Vida

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Roberto Padilla

El doctor Roberto Padilla es miembro de la Primera Iglesia Unitaria de San Jose, California.
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