Por: Rev. Katie Romano Griffin (English/ Español)

Bautizada como católica y criada como Episcopal, lo más cerca que pude llegar al altar en una iglesia fue asistiendo al ministro durante el servicio. En aquel entonces, ese era un papel muy importante y bastante raro para las niñas. También fue lo más cerca que pude llegar al ministerio. No había ministras en mi entorno, y la cultura en la que crecí apoyaba la idea de que solo los varones podían desempeñar el papel de ministro.

Décadas más tarde, cuando me convertí en Unitaria Universalista, una religión que apoya la igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres, todavía pensaba que la puerta del ministerio estaría cerrada para mí.

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Rev Archene Turner, Abhi Janamanchi and Katie Griffin Romano

 

Muchos de los ministros que me alentaron a servir como asistente en los servicios religiosos, ayudando de la misma manera en que lo hacía cuando era una niña, más tarde me animaron a asumir otros roles de liderazgo. En mi corazón sentí que quería ser una ministra, pero años de creer que no era posible se interpusieron en mi camino. Un día, una ministra me animó a reunirme con el presidente del seminario de teología Meadville Lombard, uno de los dos Seminarios Unitarios Universalistas en el mundo. Este amable hombre, que también es ministro, me dijo que yo era exactamente el tipo de ministra del futuro que nuestra denominación necesitaba.

Esa reunión fue hace cuatro años. Hoy, estoy felizmente empleada como ministra en una gran congregación en las afueras de Washington DC, la capital de los Estados Unidos de América. La congregación a la que sirvo es una de las más grandes en nuestra denominación. Gente de todo el mundo vive en el área en la que trabajo. Me propongo vestir en publico y a menudo mi collar clerical, el cual simboliza mi rol como ministra, porque quiero que otras niñas, mujeres jóvenes y mujeres adultas sepan que hay un lugar para ellas en el ministerio. Aun cuando hoy en día los Unitarios Universalistas no son los únicos que ordenan a las mujeres, nuestros antepasados ​​Universalistas fueron los primeros en hacerlo y esa orgullosa tradición continúa en la actualidad. Soy una prueba viviente de esta posibilidad.

Estoy agradecida de haber encontrado nuestra fe compartida. Estoy agradecida de servir como ministra en nuestra fe compartida, y agradecida por este pequeño momento para compartir con ustedes, mis amigos y amigas de todo el mundo, mi oración:

Que te sientas sostenida por nuestra fe compartida.

Que sostengas a otros con las buenas noticias de nuestra fe inclusiva

Que te sientas fortalecido por nuestra fe y te conviertas en la personas que estas destinada a ser

Creyendo en ti,

La Rev. Katie Romano Griffin


Following my calling

Baptized as a Catholic and raised as an Episcopalian, the closest I was able to get to the altar in a church was as an altar attendant. Back then, that was a very important role and quite rare for young girls. It was also the closest I could get to ministry. There were no female ministers in my environment, and the culture I was raised in supported the notion that only males could hold the role of minister.

Decades later, when I became a Unitarian Universalist, a religion that supports equal rights and opportunities for women, I still thought the door to ministry would be closed to me. Many of the ministers that had encouraged me to serve as a Worship Associate, assisting with services in much the same what I did when I was a child. Then, later they encouraged me to take on additional leadership roles. In my heart I felt like I wanted to be a minister, but years of believing it was not possible stood in my way. But they just kept telling me I could do more; they helped guide me along my path. One day, a female minister encouraged me to meet with the President of Meadville Lombard Theological School, one of the two Unitarian Universalist Seminaries in the world.  This kind man, who is also a minister, told me that I was exactly the type of future minister that our denomination needed.

That meeting was four years ago. Today, I am happily employed as a minister in a large congregation just outside of Washington DC, the capital of the United States of America. The congregation I serve is one of the largest in our denomination. People from all over the world live in the area in which I serve. I make it a point to wear my clerical collar which signifies my role as a minister, in public often because I want other little girls, young women and adult women to know that there is a place for them in ministry. While Unitarian Universalists are not the only ones ordaining women these days, our Universalist ancestors were the first to ordain women and that proud tradition continues today. I am living proof of this possibility.

I am grateful to have found our shared faith. I am grateful to serve as a minister in our shared faith, and grateful for this small bit of time to share with you, my friends from across the globe. My prayer for you is this:

May you feel held by our shared faith.

May you hold others with the good news of our inclusive faith.

May you feel empowered by our faith and become the person you are meant to be.

Believing in you,

Rev. Katie Romano Griffin

 

 

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