Por Rev. UU Marni Harmony

Según dice un cuento oriental, un día los dioses decidieron crear el universo. Crearon las estrellas, el sol y la luna. Luego crearon los mares, las montañas, las flores y las nubes. Más tarde crearon a los seres humanos. Por último, crearon la verdad. Sin embargo, se planteó entonces un problema: ¿Dónde debería esconderse la verdad, para que los seres humanos no la encontraran de inmediato?

Su propósito no era otro que prolongar la aventura de su búsqueda.

-Pongamos la verdad en la cima de la montaña más alta, dijo uno de los dioses; así les resultará muy difícil alcanzarla.

-Pongámosla en la estrella más lejana, sugirió otro.

-Ocultémosla en el abismo más oscuro y profundo, propuso un tercero.

Escondámosla en la cara oculta de la luna. Sugirió un cuarto.

Por fin el más sabio y anciano de todos los dioses decidió.

-No. Guardaremos la verdad en el propio corazón de los humanos. Así la buscaran por todo el universo sin darse cuenta que ha estado dentro de ellos todo el tiempo.

 

Y así, concluye el cuento, la verdad reside dentro de cada uno de nosotros, sin importar que vayamos hasta los confines del mundo en su búsqueda.

 

En el mismo núcleo de muestra naturaleza humana parece haber un ansia por conocer la verdad. Desde Sócrates interrogando a los atenienses más sabios del siglo V a.c., pasando por los filósofos y científicos de todas las épocas, hasta todas las mentes que alguna vez se han preguntado: ¿A santo de que existe todo esto?

La búsqueda de la verdad y el sentido ha movilizado al espíritu humano desde tiempo inmemorial y probablemente seguirá haciéndolo hasta el fin de los tiempos.

 

Creo que el cuarto principio de la UUA, nuestro convenio de afirmar y promover la búsqueda libre y responsable de la verdad y del sentido, es el núcleo de nuestros orígenes como movimiento religioso y de lo que nos separa de muchas otras tradiciones religiosas.

 

En una ocasión, Ralph Waldo Emerson hablo de la búsqueda de la verdad como una opción deliberada. Emerson dijo: Dios ofrece a cada mente la opción entre la verdad y el reposo. Sea cual sea la elección, nunca puede disfrutarse ambas cosas. Entre ambas oscilamos los humanos como un péndulo. Aquel en quien predomine el amor al reposo, aceptara el primer credo, filosofía o teología que encuentre y, muy probablemente la de uno de sus padres. Esa persona alcanzara el descanso, la comodidad y la reputación, pero no cerrara la puerta de la verdad.

En cambio, aquel en quien predomine el amor a la verdad soltara amarras y se lanzara a la mar. Esa persona se abstendrá de dogmatismos y reconocerá todas las negaciones opuestas entre las que, como muros, es zarandeado su compañero. Esa persona se someterá a la angustia de la inseguridad y de una opinión imperfecta, pero será candidato a encontrar la verdad, mientras que el otro no será, y respetara la ley más elevada de la existencia.

 

Esta es la lección que ofrece la vida. Al afirmar este principio, los unitarios hemos tomado una decisión. Duncan Howlett, ministro Unitario retirado, en su libro The Critical Way in religión distingue entre mente crítica y la mente eclesiástica.

Ambos conceptos toman como punto inicial el hecho de las limitaciones humanas, es decir, que no tenemos acceso a la verdad final y completa. Tan antigua como el ansia por la verdad es la realidad de que, a pesar de que estamos seguros de tener la razón, solemos estar equivocados, a veces de forma trágica. Podemos errar incluso cuando queremos desesperadamente estar en lo cierto, o aunque creamos sinceramente que lo estamos, pese a haber seguido los pasos adecuados, sean cuales sean, para procurar asegurarnos de ello.

 

La mente crítica lo comprende: ve a los humanos como seres capaces de equivocarse y engañarse y de ser burlados con facilidad. La mente eclesiástica añade un matiz: ve a los humanos como limitados e incapaces de conocer la verdad sin algún tipo de ayuda divina. Este matiz es el origen de las diferencias y las tensiones entre ambos tipos de mentalidad. La mente crítica acepta las limitaciones como inevitables y como una parte natural del ser humano. Ello no significa que aceptemos las limitaciones pasivamente, sino que no las consideramos negativas. Lo que debemos hacer es estar implicados constantemente en un proceso de comprobación y poniendo a prueba lo que creemos saber. Es decir, poner siempre lo que sabemos en la encrucijada de un nuevo examen.

 

En cambio, la mente eclesiástica valora este estado de limitación como erróneo, pecaminoso, parte de nuestra naturaleza “caída”, solo Dios carece de limitaciones, solo el es infinito, omnisciente y omnipotente.

 

Un hecho histórico arroja algo de luz sobre esta distinción: El 8 de diciembre de 1864, el Papa Pío IX proclamó el dogma de la inmaculada Concepción. Aquel mismo día hizo pública una encíclica que censuraba los errores del panteísmo, el naturalismo, el nacionalismo, el socialismo, el indiferentismo y varios “ismos” más. Luego ejercito el poder papal para denunciar la libertad de conciencia, de culto y de tolerancia. El documento, por cierto, se llamaba “Silabo de errores”

 

Esta encíclica estaba dirigida a los católicos liberales de su tiempo y era un esfuerzo por ponerlos en su lugar. Siguió una notable controversia. ¿Cómo se resolvió esta?

 

En ves de debatir los méritos de la encíclica, el Concilio Vaticano I, proclamo el dogma de la infalibilidad papal cuando el pontífice habla ex cátedra sobre cuestiones de fe y moral. Menuda manera de resolver la disputa. La infalibilidad papal, o sea, que puede decir lo que sea y eso es la verdad.

 

Los unitarios no seguimos esa política, de hecho, ni el judaísmo, ni el protestantismo tienen nada semejante a la doctrina de la infalibilidad pontificia. Pero la diferencia entre ellos y nosotros es que esas tradiciones occidentales coinciden de forma significativa en la relevancia de la doctrina: ambas proclaman oficialmente que las limitaciones humanas pueden superarse gracias a la fe.

 

Esta es la diferencia fundamental. Para la tradición eclesiástica, el conocimiento se adquiere a través de la fe y la revelación es considerada como lo autentico. En la tradición crítica, todo conocimiento debe someterse al examen crítico, Y es la tradición crítica la que define la fe unitaria.

 

A lo largo de los últimos siglos de nuestra historia institucional, los unitarios hemos luchado por extender la búsqueda libre y responsable en muchos ámbitos de la vida, por ejemplo, hemos postulado la libertad interior de la mente. Como dijo W. E. Channing, fundador de la iglesia unitaria americana: “La libertad espiritual es el atributo de la mente por el que la razón y la conciencia han comenzado a actuar, y que es libre por su propia energía”.

 

En segundo lugar, hemos trabajado por establecer el derecho del individuo a no verse limitado por influencias externas. Channing dijo también, “Llamo libre a la mente que se protege contra las usurpaciones de la sociedad, que se respeta así misma para ser esclava o herramienta de muchos o de unos pocos”

 

En tercer lugar, hemos pretendido fundar y mantener iglesias, iglesias libres de exigencias dogmáticas, que acogen con agrado las diferencias y fomentan el diálogo sobre todos los asuntos de interés.

 

Y por ultimo nos hemos esforzado por asegurar las libertades humanas fundamentales para todos. Un brindis famoso entre los unitarios ingleses del siglo XVII proclamaba: “Por la libertad civil y religiosa en todo el mundo”

 

El carácter crítico de nuestra tradición, digámoslo claramente, no es la oposición sistemática, aunque a veces pueda parecerlo. No es una herejía, pese a que se nos haya acusado de ser herejes. Ni siquiera es autentico escepticismo. Implica comprobar y poner todo en tela de juicio, sacar a la luz cuanto descubramos. Requiere una investigación, una búsqueda casi constantes. Y su fin no es tanto el exponer el despropósito, el error o los límites de la inteligencia, sino ampliar y extender la visión humana. Comprender el saber cómo un proceso abierto. Aunque el espíritu anhela la certidumbre, las respuestas y la estabilidad, nada de esto nos corresponde en lo que se refiere a las cuestiones ultimas de la vida.

 

Si somos afortunados, podemos conseguir una verdad provisional que nos permita seguir investigando. Pero no alcanzaremos la verdad. Nadie la alcanza. En una ocasión el diablo fue a pasear con un amigo. De repente vieron que un hombre se agachaba y recogía algo del camino. ¿Qué habrá encontrado ese hombre?, pregunto el amigo. Un pedazo de verdad, respondió el diablo. ¿Y eso no te inquieta?, le pregunto su amigo. En lo absoluto, respondió el diablo. Le permitiré que haga una creencia con eso.

 

En nuestra tradición Unitaria, pensamos que una creencia religiosa es un poste indicador que puede servir para señalar el camino de la verdad, más que ser él mismo la verdad definitiva. Los que se aferran al poste, al estilo eclesiástico, se ven incapacitados de seguir avanzando hacia la verdad porque tienen la creencia errónea de que ya la poseen. Este es el poder de la tentación diabólica: Estamos ansiosos por alcanzar la verdad, el diablo nos entrega un fragmento de ella y lo agarramos con un fervor; y cuando nuestras manos se cierran alrededor de ese fragmento, muchas veces nos cerramos a una verdad nueva o mayor.

 

Al prometernos afirmar y promover una búsqueda libre y responsable, hay muchos utensilios que podemos usar en nuestra ayuda. Me permito sugerir algunos como los más importantes.

 

Primero, las escrituras de todas las tradiciones religiosas del mundo. No insinúo que debamos pasarnos la vida leyendo. Hay que leer en forma selectiva, siendo concientes de que estamos embebiéndonos de los registros de los tanteos más profundos del espíritu humano en pos del sentido.

 

Segundo, las percepciones de la aventura y el método científico.

 

Tercero, las lecciones de la historia humana, para que nuestra búsqueda no sea una continua invención de la rueda.

 

Y el cuarto sería las aspiraciones e intuiciones del espíritu humano tal y como se ha reflejado en la poesía de todas las culturas.

 

También me gustaría poner algunas reglas para esta búsqueda; unas directrices, por así decirlo. En primer lugar es importante recordar que el propósito de la búsqueda no es la victoria de las propias ideas, sino un entendimiento cada vez mayor.

 

Lo segundo, que ninguna vía puede aportarnos un conocimiento y un sentido totalmente verdaderos, ni siquiera la razón o la ciencia. Ningún test es adecuado para demostrar el autentico conocimiento o sentido, ni siquiera el empirismo.

 

Lo tercero (Absolutamente importante), que ninguna área de la vida esta exenta de la tendencia humana a cometer errores.

 

Lo cuarto, que resaltamos que la búsqueda debe ser responsable. No debe ser un esfuerzo aislado, sino que existe en el contexto de una comunidad. Una verdad o el sentido que encontremos, aunque proceda de nuestro interior o sea exclusivamente nuestro, debe compartirse en una comunidad lo más amplia posible.

 

Quinto, que debemos aprender a vivir con la tensión entre la incertidumbre de nuestras verdades (puesto que sabemos que no podemos conocer toda la verdad) y nuestro compromiso de actuar de acuerdo a lo que sabemos.

 

Y por último, nunca debemos olvidar que la libre búsqueda de la verdad no puede ser una excusa para forjar creencias que nos convengan. Esta clase de búsqueda de la verdad sirve de soporte para el autoengaño cuando no se basa en una investigación disciplinada y en el debate con otros miembros de la comunidad con capacidad de discernimiento.

 

Deseo terminar compartiendo con ustedes un cuento basado en la antigua vía del diamante del Budismo tibetano.

 

Hace mucho tiempo vivía un pueblo en un hermoso país. Aquellas personas trabajaban la tierra y se trataban con amor unos con otros. Al cabo del tiempo, sus jefes creyeron que se habían ganado el derecho de recibir la verdad.

 

Por aquellos días, un profeta luminoso apareció entre ellos. Era muy reverenciado, pues creían que poseía toda la verdad. Un día, el profeta condujo a todo el pueblo a la falda de una montaña. Subió hasta la cima sosteniendo el enorme diamante de la verdad sobre su cabeza. Todos cayeron de rodillas, deslumbrados por la luz cegadora que se reflejaba en aquel diamante. Entonces, el profeta arrojo el diamante con todas sus fuerzas contra el suelo y lo rompió en millones de fragmentos. Luego, el profeta desapareció de una manera tan misteriosa como había llegado. La gente se pasó muchos días recogiendo pedazos del diamante, que llamaron fragmentos de verdad. Algunos de aquellos pedazos se convirtieron en tesoros familiares. Crecieron los celos y la envida, y la gente empezó a construir muros alrededor de sus fragmentos de diamante. Cada uno de ellos tenía parte de la verdad, más no la verdad entera, y nadie estaba dispuesto a renunciar a su fragmento. Así comenzó la discordia en el mundo.

 

Ojala esos fragmentos lleguen hasta nosotros y bendigan nuestras vidas, sin que olvidemos por ello que cada uno de ellos no es más que una faceta del gran diamante de la verdad, causa de nuestra búsqueda incesante.

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